Las guerras comerciales o cómo perjudicar a los consumidores

En la ciencia económica no suele ser frecuente ver consensos generalizados acerca de ciertos temas. Sin embargo, que sí lo hace es el referido al libre comercio y la globalización. Desde Adam Smith y David Ricardo, quienes explicaron excelsamente cómo la división del trabajo y la consecuente especialización generaban beneficios para todos los ciudadanos, muchos han sido los trabajos que han confirmado que el comercio internacional es sinónimo de prosperidad.

Por ejemplo, David Dollar y Aart kraay, han estimado que en las economías más abiertas al intercambio de bienes y servicios con otros países, el crecimiento económico es mayor y el ingreso del 20% más pobre se incrementa al mismo ritmo que el PIB, es decir, el libre comercio parece beneficiar de manera muy notable a los pobres (ver aquí y aquí). Más concretamente, entre los años 80 y 90, las naciones que aumentaron el peso de las importaciones y exportaciones en el PIB alcanzaron tasas de crecimiento de un 2,5% en los 80 y de un 5% en los años 90. Por el contrario, allí donde no se liberalizó el comercio internacional el ritmo de crecimiento fue inferior, concretamente de un 0,8% en los años 80 y de un 1,4% en la década de 1990.

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A pesar de lo beneficioso del libre comercio, muchos países continúan aplicando políticas mercantilistas con el objetivo de proteger industrias y empresas nacionales poco productivas, que les permita no tener que competir con otras corporaciones extranjeras. Esto, sin embargo, se traduce en precios mucho más elevados para los consumidores, además de una asignación ineficiente de los recursos y una situación de incertidumbre que reduce, todavía más, la inversión y la creación de empleo.

Este es el caso de Estados Unidos en los últimos años, en donde en el año 2018 la tasa media de los aranceles a las importaciones se ha más que duplicado, pasando del 1,6% al 3,3%, después de que la política comercial norteamericana haya aplicado nuevas restricciones arancelarias por valor de 283.00 millones de dólares (ver aquí).

Este tipo de medidas al otro lado del Atlántico tienen también repercusión en los bolsillos de los ciudadanos europeos, ya que las instituciones comunitarias, en vez de extender la libre circulación mercancías más allá de los 28 Estados Miembros, han tendido a responder con más subidas arancelarias a los Estados Unidos. Por ejemplo, después de que Estados Unidos otorgara ayudas a Boeing por importe de 12.000 millones de euros en el año 2012, lo cual no es más que una subvención a los consumidores europeos por parte de los ciudadanos americanos, la Unión Europea está a punto de cumplir su amenaza de incrementar en 19.000 millones de euros los aranceles a productos agroalimentarios, industriales y a aeronaves (ver aquí).

En definitiva, el deseo y la presión de grandes corporaciones para ser subvencionadas y/o protegidas de la competencia internacional solo tiene repercusiones negativas sobre los consumidores, ya que se restringe el número de bienes y servicios al que pueden acceder en el mercado, con la consecuente merma de calidad y encarecimiento, lo que perjudica de manera más notable a los ciudadanos con menos recursos. Desgraciadamente, las guerras comerciales son las guerras contra los consumidores.

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