La huida hacia delante de quien está aTRAPAdo en su mentira

Los consumidores debemos andarnos con ojo para evitar que nos engañen los productores de los bienes que consumimos día a día, puesto la mentira se está convirtiendo en una estrategia de marketing cada vez más consolidada. Buen ejemplo de ello es la moda el promocionar alimentos libres de aceite de palma, utilizando una serie de argumentos que no reflejan la realidad de este producto tan importante para la industria alimentaria. Unos argumentos que se empleaban hace una década y que no se ajustan a la realidad actual.

Una compañía española que se ha lanzado de lleno a esta estrategia comercial de la mentira ha sido la chocolatera Trapa, los cuales acaban de autonombrase los salvadores de la selva de Borneo (Indonesia) en una bochornosa campaña de marketing que, una vez más, no está basada en hechos reales. Algo que ya habían hecho en el pasado reciente y que conllevó que un jurado de Autocontrol, organismo de autorregulación de la industria publicitaria, dictaminara que Trapa usa datos “de manera parcial y sesgada”, sin mencionar que la reducción del aceite de palma puede provocar la expansión del cultivo de otros tipos de aceite con mayor impacto para la deforestación. Autocontrol denominó esta campaña como “engañosa”.

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En unos tiempos en los que la reputación de las marcas han cobrado tanta importancia en la decisión de compra, resulta paradójico que esta empresa haya optado por una estrategia comercial tan falta de ética y rigor.

En primer lugar, el aceite de palma no es menos saludable que otro tipo de aceites (ver aquí), ya que su consumo tiene un efecto neutro con respecto a los niveles de colesterol (ver aquí), al mismo tiempo que aporta vitaminas antioxidantes y ayuda a la protección del corazón y a la prevención de lesiones isquémicas (ver aquí).

Segundo, si Trapa realmente se preocupa por el medio ambiente, podrían utilizar aceite de palma sostenible. Según la organización ecologista WWF, es el aceite vegetal más sostenible del mercado al necesitar muchas menos hectáreas para lograr una tonelada de producto. Esto implica que su sustitución por otro aceite conllevaría un impacto ambiental mucho más significativo, ya que la tierra necesaria para la producción de grasas vegetales sería mayor. A modo de ejemplo: para satisfacer la demanda alemana ante una sustitución del aceite de palma se necesitarían 1,45 millones de hectáreas más.

Tercero, una opción para Trapa y otras empresas que se han unido a la campaña contra el aceite de palma por su impacto ambiental sería la de comenzar a demandarlo en otros mercados como el de Colombia, donde las plantaciones de palma están ubicadas en las tierras de los antiguos narcos, lo que implica una nula deforestación. Sería un incentivo extraordinario para la población de la zona para abandonar su dependencia de la comercialización de sustancias narcóticas, ayudándoles a generar un importante desarrollo tanto en el plano social como económico.

En definitiva, será más o menos reprochable el hecho de que Trapa haya optado por abandonar el uso de aceite de palma como ingrediente para sus productos, pero lo que es inaceptable es que lo haga usando como pretexto su preocupación por la salud y el medio ambiente. La huida hacia adelante que ha emprendido Trapa desde el varapalo de Autocontrol tendrá cada vez menos recorrido porque, como dice el refrán, las mentiras tienen las patas muy cortas.

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