La guerra comercial entre EEUU y China continúa

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Con la victoria de Donald Trump en la carrera presidencial de la primera potencia económica mundial, comenzó un periodo de dura negociación entre EE.UU. y China con la intención de conseguir un acuerdo comercial ventajoso para EE.UU. Para ello, Donald Trump empleó los aranceles para presionar China, gravando todas sus importaciones, aunque en la cumbre del G20 en Osaka parecía que las dos superpotencias habían llegado a una tregua por la cual irían trabajando en alcanzar un acuerdo comercial.

Sin embargo, con su inconfundible incontinencia tuitera, Donald Trump advirtió que impondría nuevamente un arancel del 10% a las importaciones chinas que se estiman en 300 mil millones de dólares. China replicó anunciando que plantea imponer a su vez un arancel a todas las importaciones agrarias estadounidenses e incluso ya ha prohibido a las empresas estatales importarlos. Además, no sólo ha dejado que la moneda china, el yuan, se depreciase, sino que la ha impulsado a hacerlo. ¿El motivo? Si el yuan es más barato, aunque a los estadounidenses el nuevo arancel les encarece las importaciones chinas, la caída del yuan lo compensa.

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¿Dónde queda Europa en esta guerra comercial? Para el sector importador de Europa, la depreciación del yuan provocará un abaratamiento de estas desde China a Europa. De momento, Europa está siendo la gran perjudicada de este fuego cruzado entre EE.UU. y China, ya que Europa tiene en su interior grandes economías exportadoras como Alemania. Y, en el caso de España, debemos recordar salió de la crisis gracias a su sector exportador.

Por tanto, si tenemos en cuenta que la economía europea es fundamentalmente exportadora y que esta exporta productos intermedios a China o EEUU (por ejemplo, productos automovilísticos) para que luego a su vez lo reexporten entre ellos, es posible que resurja una nueva crisis económica mundial como la vivida en 2008. Esto iría mucho más allá del daño que se están generando mutuamente, ya que están perjudicando a los consumidores estadounidenses, a los consumidores chinos y, sobre todo, a los consumidores europeos.

De hecho, estos experimentos no deberían llevarse a cabo en momentos como los actuales en los que vemos que la economía global se comienza a estancar. Estamos ya observando que la industria manufacturera global está en contracción y específicamente en Alemania, la cual está ya en su punto más bajo desde la Gran Recesión. En España tampoco nos libramos ya que la industria manufacturera, aunque no ha entrado en terreno contractivo, se encuentra al borde de la recesión.

La globalización nos favorece a todos y retrotraernos a las épocas en las cuales el nacionalismo económico imperaba, sólo puede perjudicar el comercio encareciendo los productos los consumidores.

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